Por: BG. Humberto Aparicio Navia

Un sofocante sol cerníase sobre las escuálidas figuras de los escasos habitantes de aquel poblado que ciudad fue, un viento reseco curtía su ya verja piel, parecían más moradores de un extraño cementerio que seres humanos.

Aquella comarca había sido en tiempos idos emporio de riqueza y progreso; allí se confundían el oro, el licor como los encantos de mujer; hoy una nube gris danza en su cielo triste y una capa del mismo color cubre los techos en otrora color de granada en flor.

De sus románticas callejuelas y sus titilantes faroles todo se esfumó, el río ayer de aguas cristalinas enmudeció… La gente joven se había marchado en busca de nuevas perspectivas, no así los viejos que se aferraban al terruño como el labio del sediento al cántaro mitigante.

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